DERECHOS HUMANOS

Cada 10 de diciembre conmemoramos el día de los Derechos Humanos.

En este hecho histórico celebramos que la Asamblea de la ONU acogió unos principios fundamentales para todas las personas y todos los pueblos. Celebrar cada año el día de la proclamación de los Derechos humanos nos invita a (a) renovar el espíritu de búsqueda de la dignidad de todo ser humano y de movilizarnos contra toda forma de pobreza, desigualdad, violencia, exclusión y discriminación. Soñar con un mundo más justo, donde todas las personas gocemos de una vida digna fue el anuncio inacabable de Jesús.

Este año la guerra entre Rusia y Ucrania nos ha movilizado a pedir insistentemente por la paz. Sin olvidar las innumerables guerras y conflictos que azotan a muchos hermanos nuestros. Reflexionar sobre los derechos humanos no puede estar separado del derecho a tener una vida en paz. Todos los pueblos y las personas merecemos disfrutar del derecho sagrado de la paz. Porque la paz no puede darse en la sociedad humana si primero no se da en el interior de cada hombre, es decir, si primero no guarda cada uno en sí mismo el orden que Dios ha establecido (Pacen in Terris, 165) Cada persona tiene derechos y deberes.

Estos derechos y deberes son universales e inviolables y, por tanto, totalmente inalienables. La acción en favor de la justicia y la participación en la transformación del mundo se nos presentan plenamente como una dimensión constitutiva de la predicación del Evangelio. Paz no significa ausencia de conflicto, sino buenas relaciones con Dios, con el prójimo y con la creación. La paz prevalece en todo lugar y en todo momento en que haya libertad en la verdad (Jn 14:16), igualdad en la justicia (Col 4:1), y armonía en la vida (1 Jn 4:8).

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