Indiferencia

Querida hija: ¿Cuál es el arma que debes utilizar para sentirte dichosa y no acobardarte por las circunstancias que te rodean? Este arma es la indiferencia, pero no una indiferencia que hace que nos de igual lo bueno que lo malo. No, bien sabes hija que esto ni lo podríamos conseguir, ni si fuera posible tendríamos mérito en lo bueno que hiciéramos.
La indiferencia que nos hace dichosos es una indiferencia racional, una indiferencia propuesta por el entendimiento y aceptada por la voluntad, que consiste en mirar todo con relación al fin.
Debemos mirar siempre a Dios y lo que a Él le agrada como nuestro fin. Para ser felices para adelantar en la virtud, para no ser engañados es necesario que constantemente le busquemos y que sin cesar estemos mirándole y preguntándole y que le sirvamos con generosidad y desprendimiento diciéndole: Señor, lo que quieras y como lo quieras, sin ponerle condiciones, pues no somos nosotros quién para ello.
Este modo de obrar y aun en circunstancias bien difíciles es el que han practicado los santos y así lo hizo San Pablo cuando derribado en medio del camino dijo: Señor ¿qué quieres que haga? Esto es lo que practicó la Santísima Virgen cuando llena de humildad dijo: Hágase en mí tu voluntad. Esto es lo que hizo Jesucristo cuando al principio de su venida al mundo exclamó: He venido no para hacer mi voluntad sino la de Aquel que me envió y más tarde cuando lleno de amargura al ver lo muchísimo que había de sufrir en su cuerpo, los muchos ultrajes y las deshonras que había de experimentar su alma y lo despreciado que había de ser su sacrificio no obstante exclamó: Padre, si es posible pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya.
Pero cómo llegar a este modo de obrar, muy sencillo. En mirar las cosas no con los ojos de la cara sino con la luz de la razón y si quiere mejor, con los de la gracia. Fíjese, hija mía, coja y guarde esta arma poderosísima, de la indiferencia para todas las cosas, aceptándolas si llevan a Dios y dejándolas si de Dios la apartan.  

                                                                                                                                                                                                                                                                    (Cf; Carta LXXXVIII)