ONOMÁSTICA DE MADRE MARIANA

UNA VIDA MARCADA POR UN DESTINO,  FUE BAUTIZADA CON EL NOMBRE DE MARIA ANA ALLSOPP GONZÁLEZ MANRIQUE.

CUANDO SE HIZO RELIGIOSA TOMÓ EL NOMBRE DE SOR MARIANA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD.

Tan sólo tiene nueve años cuando Mariana abandona México, la tierra que el 24 de noviembre de 1854 la vio nacer. Su padre, a los dos años de la muerte de de su esposa, decide que mariana y sus cuatro hermanos se trasladen a España, quedando al cuidado de su tía materna. La despedida es tierna y difícil, presagio parece de las paradojas que va a encontrar a lo largo de su vida. Señal también de su destino es la extraña y conmovedora sensación que tiene al encontrarse en París con unas mujeres entregadas por entero a la causa de Dios y de los pobres: "Seré como ellas", exclamó Mariana en su interior, según recuerda mucho más tarde, cuando de hecho ya se ha consagrado por entero al destino que le preparó el Señor. Crece en un hogar feliz, en el que ella aporta su alegría, fortaleza y simpatía. Los que convivieron entonces con ella hablan de su gran belleza interior, que cautiva a todo aquel que se encuentra en su camino. Pero, sin eludir los entretenimientos propios de la juventud, de su posición social y de su época, Mariana se acerca a otra cara de la realidad, guiada por su sensibilidad ante el sufrimiento humano y marginación de los que padecen soledad y desamparo.

Su doble situación ante la vida refleja la profundidad de su alma: en la cara externa, la de quien lo tiene todo, en el lado interno sufre el misterio del dolor de los más desfavorecidos, heridos y golpeados por las circunstancias. Quizás por haber sufrido tempranamente comprende tan bien lo difícil que es sostenerse cuando no hay quien acoja y de ánimo. Pero ¿quién está realmente de parte de los débiles y abandonados? Sabe muy bien que se necesita la presencia en la vida de Alguien que no nos va a fallar. Mariana llega a la plenitud de su juventud buscando el camino para encontrarse con lo que sacie la sed que siente dentro. Y descubre que la respuesta está en el único que da sentido a la vida, porque Él es La Vida.

Mariana puede disfrutar de una vida cómoda y segura, por su origen, cultura y posición social lo tiene todo, pero prefiere a Jesucristo, aunque ha de seguirle por el camino estrecho del Evangelio. Él la llama desde dentro de su propio corazón, y confirma su llamada en los rostros de los pobres, en los necesitados de sentido, de pan y de paz. En las jóvenes que conoce a través de las escuelas dominicales y de los hospitales donde tratan de rehabilitarse de la mala vida que han llevado hasta ahora, ve Mariana el mismo rostro de Jesucristo. Estas jóvenes, solas y necesitadas, abandonadas hasta de la gente de piedad, están necesitadas de consuelo, y en lo más profundo Mariana descubre que tienen sed de Dios, Padre de misericordia, Hermano de todos los hombres, Consuelo de todos los necesitados.

Mariana sabe que si se encuentran con él, tendrán fuerza para comenzar una nueva vida como hijas de Dios Padre y hermanas de Jesucristo. En el conocimiento de su propia dignidad de hija muy amada de Dios, Mariana descubre su misión de consolar y liberar, rescatar y rehabilitar, orientar y ayudar a reconocer la dignidad de tantas jóvenes abandonadas, humilladas o en peligro. Para Mariana, la santidad a la que aspiramos desde el fondo de nuestro ser consiste en un incesante ir hacia Dios desde la humanidad que somos. Su vida y sus obras son un reflejo de este caminar, y su sed interior es una huella de la presencia de Dios en nuestro corazón. es la insatisfacción por la finitud humana una puerta que se abre para el diálogo con nuestro Dios, Creador y Padre. Cuando entramos por esta puerta, encontramos la fuerza para seguir creciendo hacia la plenitud de vida que el alma tanto anhela. Mariana experimenta a Dios conmovedoramente implicado en su transformación. Dios es tan cercano que lo siente descender hasta lo íntimo del corazón humano para transformar todo dolor en dicha.